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Publicación del libro “Cartografía de la ciudad capitalista. Transformación urbana y conflicto social en el Estado español”

Jueves, mayo 25th, 2017

Septiembre 2016.

Este libro en dónde el Observatorio Metropolitano de Madrid participa aportando el 6º capítulo titulado Órdenes urbanos: centros y periferias en el Madrid neoliberal” (Débora Ávila, Beatriz García, Sergio García, Eva García, Óscar Muñoz y Daniel Parajuá), es un trabajo colectivo coordinado por el Grupo de Estudios Antropológicos La Corrala, editado por Traficantes de sueños y con la participación de 21 autoras y autores, que analizan los procesos de transformación urbana de nueve ciudades del Estado español: Barcelona, Tarragona, Mallorca, Valencia, Murcia, Madrid, Sevilla, Cádiz y Granada.

CartografiaCiudadCapitalista_portada_ilustracionROSA_TORTOSAEn cada capítulo se incluye un análisis de cómo se ha ido conformando la ciudad, centrándose en uno o varios aspectos de la misma, así como una mirada a las resistencias vecinales y ciudadanas que han ido surgiendo como reacción a los conflictos que generaban determinadas intervenciones (como la construcción de grandes infraestructuras del transporte, la renovación de los barrios históricos, la multiplicación de los centros comerciales, la regulación, fiscalización y «securitización» de los espacios públicos, la celebración de grandes eventos internacionales, etc.).

Tras este mapeo estatal del desastre, en el epílogo «Del plano al mapa» se tratan de comparar y sintetizar las principales dinámicas expuestas en los distintos capítulos sobre el modelo hegémonico de ciudad capitalista. Cierra el libro la interesante síntesis del trabajo realizado por el colectivo audiovisual Left Hand Rotation en su taller Gentrificación no es un nombre de señora en diferentes ciudades del mundo. Este trabajo incluye un resumen del proyecto, los materiales que han utilizado y un vídeo donde se recopilan los principales resultados audiovisuales de cada taller.

Además, el libro va acompañado del espacio web <www.cartografiadelaciudadcapitalista.net>, actualmente en construcción, y en donde se alojarán la versión electrónica, los vídeos del taller Gentrificación no es un nombre de señora y cuantos otros documentos relacionados, como reseñas, entrevistas e información sobre los y las autoras.

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Políticas de la confianza para el descontrol urbano

Jueves, mayo 18th, 2017

Sergio García García

PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL PERIÓDICO DIAGONAL DEL 31 DE MARZO AL 13 DE ABRIL DE 2016

Descargar en PDF: Políticas de la confianza para el descontrol

 

Solemos partir de dos presupuestos a la hora de analizar el creciente control social: por un lado lo consideramos como la intensificación de la dominación de las élites sobre la población, y por otro como la extensión de la lógica de la represión mediante nuevas tecnologías. Pero este argumentario, útil como marco interpretativo de la respuesta estatal a la protesta, se desdibuja cuando vemos que mucha gente vive insegura y demanda policía para sus barrios. Nuestra reacción, entonces, es igual de previsible, pero ahora más preocupante (por la superioridad moral e intelectual que destila): “la gente está manipulada por los medios”. No entendemos que, más allá de la defensa de privilegios privados de las clases medias y altas, y del sensacionalismo mediático, la (in)seguridad juega un papel importante para los vecindarios que, en barrios periféricos y humildes -en contextos de desprotección social y comunitaria-, vive sus conflictos cotidianos en vulnerabilidad y soledad. Antes de plantearnos cuestiones abolicionistas sobre la policía y el control, hemos de reconocer que hoy por hoy, ni desde los movimientos sociales ni desde las “instituciones del cambio”, tenemos una respuesta alternativa a la gestión de los males cotidianos (conflictos de convivencia y micro-violencias predatorias).

Lo que sí tenemos es la posibilidad de reflexionar lo que (nos) ocurre en la vida urbana neoliberal y de explorar respuestas que vayan produciendo nuevos contextos y nuevas relaciones. En el plano reflexivo, conviene pararse a pensar el sentido de las políticas de control securitario y su subjetivación en el cuerpo social. Va una propuesta de lectura: los procesos de acumulación por desposesión, y sus consecuencias en forma de creciente desigualdad y pobreza (considerados “factores de riesgo” para el orden social), hacen necesaria la protección de las propiedades y las inversiones. Ordenanzas de civismo, leyes de seguridad ciudadana y privada y plantillas policiales sostenidas, persiguen la seguridad de la economía.

Pero el neoliberalismo no es solo un proceso material, es sobre todo un modo de producción cultural que pone en el centro el interés individual, el cálculo económico y la competencia. Más que la represión desde arriba, lo que tenemos que observar es cómo la seguridad es demandada y practicada desde abajo: si la competencia es el modo naturalizado de relación en una ciudad atravesada por las estructuras del mercado y las diferenciaciones identitarias que proporcionan la nacionalidad y la etnia, el otro (individual o colectivo) no es sino un rival en la lucha por recursos escasos (“les dan las ayudas… y vienen a delinquir”) o un coste que reduce mis beneficios (“devalúan el barrio”), alguien del que prevenirme, de quien no me puedo fiar. La desconfianza es a la competencia lo que la seguridad al mercado, un modo subjetivo fundamental en la ciudad neoliberal.

El repertorio actual de intervenciones y roles desborda nuestras imágenes estereotipadas sobre la policía. Policía de proximidad para ver y ser vista, análisis de riesgos a partir de los datos que proporcionan sensores tecnológicos y cámaras, charlas preventivas en colegios y centros de mayores, reuniones con vecinos y comerciantes o intervenciones urbanísticas para generar espacios defendibles, implican, además de formas de complicidad entre instituciones y ciudadanía, la colonización policial de un campo -la convivencia- arrebatado a las comunidades y a la intervención social. Y todo ello mediante una racionalidad de cálculo que no se ajusta a la idea de una policía legalista, sino gerencial: economía de la seguridad.

Es así como en el plano del ensayo de alternativas capaces de revertir los efectos de gobierno de la sociedad de control preventivo y competitivo, se nos presenta una situación menos trágica que ante la represión (no nos jugamos el cuerpo), pero a la vez mucho más compleja. Si la represión es capaz de movilizar comunidades que rompen el silencio para evidenciar la violencia estatal y de poner en marcha formas de apoyo mutuo (con mayor o menor éxito), la prevención nos pilla solos, sin una comunidad homogénea de afectación (los efectos son enormemente diversos según diferencias de clase, género, etnia, edad, color de piel, etc.), sin consenso sobre lo injusto de los efectos de la intervención preventiva (“mejor que la policía hable con la gente a que dé porrazos”) y sin prácticas de relación alternativas que cuiden y brinden la sensación de protección necesaria para dejar de demandar la intervención policial.

Abrir grietas en el dispositivo securitario consiste -más allá de procesos estructurales de igualación social- en apostar por la confianza social en espacios de anonimato y comunitarios: si la seguridad y la prevención son posibles por la desconfianza ligada a la inflación de competencia, unas nuevas políticas de la confianza deberían poner en el centro la mirada contextual, el vínculo social, la cooperación y la deliberación en torno a espacios, conflictos y problemas comunes. Se trata por un lado de aprender de la potencia de las prácticas cotidianas de habla y cuidado mutuo en los espacios públicos y comunitarios que sobreviven a pesar del proceso de individualización y creciente competencia: en nuestro contexto suponen contraconductas que desafían el régimen de verdad al explorar nuevas formas de entender el binomio libertad/seguridad. No es extraño escuchar a personas imbuidas en procesos colectivos locales o que sostienen una amplia red de relaciones, que se sienten “como en casa, libres y seguras en su barrio” (frente a la idea de libertad liberal, que considera lo colectivo como sinónimo de opresión).

Y por otro, de impulsar procesos reflexivos y espacios de decisión inclusivos que permitan rellenar el vacío que ha ido colonizando la gestión policial en el seno del movimiento vecinal y de la intervención socio-educativa. Los nuevos “ayuntamientos del cambio”, aún limitados en su agencia y observados con lupa en plena guerra cultural, pueden garantizar la existencia de esas prácticas autónomas de cuidado colectivo y sostener la creación de nuevas experiencias locales que vayan más allá, no solo de la mera eliminación de los dispositivos represivos (antidisturbios municipales), sino también de la -ya manida por la gestión neoliberal- policía preventiva. Sin cooptar y sin capitalizar dichos procesos, pero apoyando la gestión comunal de algunos conflictos con recursos.

Se trata de contraponer la confianza a la transparencia de los datos, los cuidados en calles socialmente densas a la vigilancia policial, las mediaciones naturales y socio-educativas a los nuevos roles policiales, la autogestión de los conflictos en calles y escuelas al uso instrumental de radares sociales, la comprensión del contexto social a la inseguridad subjetiva, la cultura de la no violencia a la socialización de la competencia, la creación de actividades y espacios del común a la privatización del espacio público, la inclusión de todos los implicados a la diferenciación securitaria, la democratización en consejos locales a la participación banal. Se trata en definitiva de generar procesos de autogobierno no solo de los bienes, sino también de los males, con el fin de ir desalojando el gobierno policial de lo social.

 

Discursos securitarios: cultura de la prevención

Miércoles, mayo 17th, 2017

Algunas representaciones e intervenciones contraculturales llaman la atención sobre la seguridad, en torno a la que cada vez más se yergue un peligroso e inseguro consenso.

PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL PERIÓDICO DIAGONAL DEL 17/01/16
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A pesar de que la seguridad no sea actualmente el tema de moda en los debates electorales o en las preo­cupaciones testadas por el CIS, en nuestras ciudades se observan signos de la obsesión creciente por proteger la propiedad privada (vallas, cámaras y conserjes en urbanizaciones cerradas) y de la extensión capilar de la cultura de la seguridad en los espacios públicos.

En esta época del reclamo de la “seguridad para defender nuestras libertades”, tras los atentados de París, se ha publicado el libro Enclaves de riesgo. Gobierno neoliberal, desigualdad y control social, coordinado por el Observatorio Metropolitano de Madrid. Se trata de un abordaje del auge de la seguridad no tanto desde el enfoque habitual del recorte de libertades como desde la perspectiva de su relación con las desigualdades.

La pérdida de derechos sociales, acompañada de la creciente individualización de las biografías, es sustituida por la protección policial y por la asunción de precauciones hacia los demás y hacia sí misma por parte de la ciudadanía. Esta protección y autoprotección debe leerse como un eficaz modo de gobierno en el que participa tanto el ministro del Interior como Antonio, el vecino del quinto. Y, como bien define el Diccionario de las periferias de Carabancheleando refiriéndose a este vecino –pequeño especulador, xenófobo y de natural desconfiado–, “Antonio somos todos”.

Todo empezó con la difusión de la ideología de la prevención. La prevención fue un concepto em­plea­do en la intervención social y el movimiento vecinal de los años 70 y 80 como respuesta alternativa a la represión policial sobre los sujetos marginados de la época (jóvenes periféricos, toxicómanos, etc.).

La confluencia entre las demandas vecinales de mayor presencia policial (“policía de proximidad”) ante la crisis de inseguridad motivada por el paro y la heroína, y la introducción de nuevas corrientes criminológicas anglosajonas en la gestión policial, hizo emerger la prevención de la inseguridad ciudadana en la década de los 90 como la piedra angular de las políticas públicas en nuestras ciudades. Esa prevención funciona anticipándose a los fenómenos a partir de la evaluación de riesgos, pero sin acudir a las causas estructurales de la delincuencia y “predelincuencia”, sino centrándose en las situaciones concretas del delito y en el “análisis de oportunidades” de los delincuentes. Es así como la prevención social quedó reducida a “situacional”.

La centralidad de la prevención no sustituye a la represión. Somos testigos de cómo el encarcelamiento ha sido, a base de endurecimiento penal, el recambio de las instituciones del Bienestar (el número de presos en España creció ocho veces desde la muerte de Franco hasta 2009). También sufrimos la Ley Mordaza, los agujeros negros de los derechos que son los CIE, o la persistencia de la tortura. Pero esa gestión hard de la seguridad va siendo cada vez más invisibilizada o estetizada al tiempo que se hace lucir una gestión soft, mucho más legitimada al apoyarse en la “demanda de seguridad”.

Orwell no estuvo aquí

La seguridad preventiva no puede leerse desde lecturas simplistas y conspiranoicas: no vivimos en el 1984 de George Orwell, no hay un plan. Por el contrario, la prevención es participativa, y no sólo a través del préstamo voluntario, transparente y alegre de nuestras opiniones y datos en internet, sino mediante nuestra implicación cotidiana en el control de nuestros espacios de vida, en los que levantamos fronteras físicas y relacio­na­les y colocamos cámaras elec­tró­nicas y psicológicas a partir de los recelos vecinales tejidos de desigualdades. Como afirma el poe­ta David Eloy Rodríguez, “el problema ahora es que hay muchos vigilantes y pocos locos. El problema ahora es que la jaula está en el interior del pájaro”.

Las jaulas en forma de gestión preventiva de la (in)seguridad objetiva y subjetiva se expresan en muy distintos ámbitos y por muy diversos actores. El primero y más evidente es la gestión policial del espacio público. Los datos permiten construir cartografías urbanas de riesgos que redundan en una gestión de los efectivos policiales más eficiente en tareas de prevención presencial. El grupo Pony Bravo nos invita a visitar la orilla del Guadalquivir, Turista ven a Sevilla, tranquilizándonos al advertir que la policía vigila la noche. La disuasión del coche patrulla en el parque donde los chavales hacen botellón se combina con la burorrepresión vía ordenanzas de civismo o los controles de identidad selectivos: se apela al cálculo ra­cional en pro de los propios intereses individuales –¡como buenos homo economicus que somos!– para que nos marchemos o nos invisibilicemos si no queremos ser sancionados. Planes como el de Seguridad de Lavapiés, que refuerzan la hiperpresencia policial con el respaldo de algunas asociaciones de vecinos y comerciantes, se com­plementan en las áreas más golosas para el mercado con la videovigilancia. Esta transparencia me­diante los datos y las imágenes permite resolver delitos, pero sobre todo busca disuadir su comisión y expulsar “por su propia voluntad” a aquellos cuerpos y aque­llas prácticas que por su escaso valor de mercado serán objeto de sospecha por parte de las fuerzas de seguridad. Sonríe, te están grabando o Camarón contra las camarillas, del colectivo Un Barrio Feliz, fueron campañas de guerrilla de la comunicación que trataron de evidenciar el panóptico callejero en el que se convirtió Lavapiés a partir de 2010 en pleno proceso de gentrificación.

Las instituciones de Policía local han comprendido que la seguridad excede al trabajo policial. Pero en lugar de dejar hacer a otros agentes, como las propias comunidades o los profesionales de la intervención social, el mo­delo de ges­tión contemporáneo los pone a trabajar y va insertando a la propia policía y sus lógicas en esos ámbitos. Los agentes tutores o los policías mediadores constituyen nuevas figuras policiales en los colegios o en los tejidos asociativos de los barrios. Documentales como Tolerancia cero muestran cómo en Estados Unidos la policía es usada cada vez más en la prevención y resolución de conflictos meramente escolares, aunque el documental es menos crítico con la intervención de los agentes tutores en España. Del mismo modo, los consejos distritales de seguridad tratan de implicar a las asociaciones vecinales en la gestión de la seguridad de los barrios, pero no como agentes autónomos de prevención, resolución y mediación, sino como radares de problemas y meros clientes del servicio policial que piden cuentas de su eficacia.

No obstante, no sólo la policía construye y gestiona la ciudad del riesgo. También urbanistas, arquitectos y vecinos producimos verdaderas obras de arte y pequeñas artesanías securitarias. El arquitecto griego Stavros Stavrides designa como “enclaves” las islas acotadas por muros en el archipiélago que es la ciudad neoliberal, islas que flotan en un mar, el espacio público, cada vez más sometido a la excepción securitaria. Como narra la película La zona, es­tos espacios residenciales y co­merciales tienen sus propias re­glas, allí se ponen en suspenso incluso normas y leyes de rango superior.

Estos enclaves tienen sus propias reglas, allí se ponen en suspenso incluso normas y leyes de rango superior.

Rodeadas por vigilantes, muros, vallas, rejas y pinchos, fuera de estas zonas se talan “arbustos criminógenos” y se plantan farolas que combaten la oscuridad, superficies resbaladizas o irregulares que impiden estar e impelen a pasar, cactus y chorros de agua que ordenan los cuerpos y los espacios comunes a partir de los principios de la prevención situacional. Es así como se hacen más fáciles unos usos que otros, unas presencias que otras. En ocasiones se apela a urbanistas progresistas, como Jane Jacobs o Francesco Tonucci, para reforzar la vigilancia natural del espacio común, si bien recontextualizando sus ideas sobre la autogestión comunitaria de la seguridad en un nuevo modo de gobierno que sustente el orden social desigual. Y sin florituras intelectuales, las propias comunidades de propietarios, e incluso de vecinos, construyen con más o menos recursos las ciudades dentro de la ciudad. Es así como va proliferando el arte de las bellas vallas, esas que Leó­nidas Martín documenta en su blog Leodecerca. Aparte de la visibilización en los últimos años de esta arquitectura hostil, algunas acciones, como #ArreglaTuMarquesina (tuneo de los asientos anti-sinhogar de las paradas de bus en Madrid), han buscado intervenirlo para hacerlo más habitable.

“El discurso de guerra implica una polarización ‘ellos-nosotros’ que es un sinsentido”

Miércoles, mayo 17th, 2017

Hablamos con Laurent Bonelli, profesor de Ciencia Política (Universidad de Paris x Nanterre), sobre la situación en Francia.

PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL PERIÓDICO DIAGONAL DEL 05/01/16

bonelliNada provoca más miedo, nada justifica mejor una escalada securitaria, que los azotes del Daesh en Occidente. Cualquier espacio cotidiano (tren, metro, concierto, café…) se convierte en un potencial espacio de muerte. Si el miedo al otro ya inundaba las ubanizaciones cerradas, el miedo al otro yihadista inunda la vida entera. Conversamos con el sociólogo francés Laurent Bonelli, estudioso de la relación malograda entre la juventud de las banlieues y las instituciones francesas.

Recientemente se ha publicado el libro ‘Enclaves de riesgo’, en el que aparece un texto tuyo dedicado al disciplinamiento de los jóvenes de las periferias francesas y su deriva securitaria. ¿Por qué ligas derechos y empleo con el asunto de la seguridad?

Es totalmente artificial separar la seguridad de la cuestión social. Existe un estrecho vínculo entre la inseguridad existencial y los pequeños desórdenes urbanos. En la sociedad fordista, los desórdenes característicos de la juventud (violencia, pequeños robos, vandalismo, etc.) se regulaban en su mayoría a través de la integración en el mundo de la fábrica. Con el paso de los años la integración profesional permitía “sentar cabeza”, como se decía entonces. Hoy ya no es el caso. La precariedad, las discriminaciones o el desempleo masivo que experimentan hoy muchos jóvenes de las periferias francesas les impide encontrar esta estabilidad y favorece la permanencia de los desórdenes juveniles. Además, estos jóvenes son percibidos de manera diferente que en el pasado. Los viejos obreros no reconocen en las nuevas generaciones sus herederos. Su mundo se ha deshecho y estos jóvenes encarnan de manera especialmente visible este declive colectivo. Todo ello genera un repliegue en el espacio doméstico y un malestar profundo que los politólogos analizan de manera sesgada como “sentimiento de inseguridad” y que los políticos usan en sus campañas par intentar reconquistar un electorado masivamente abstencionista.

“La violencia política es un proceso relacional”

Los atentados de París de la noche del 13 de noviembre de 2015, así como el ataque a la revista Charlie Hebdo o al museo judío belga, han tenido como protagonistas a jóvenes franceses, na­cidos y educados en Francia, y no a terroristas llegados de otros países. ¿Qué condiciones han hecho posible que jóvenes de barrios periféricos cometan actos de una extrema violencia en sus propias ciudades?

Es cierto que varios de los autores de estos ataques presentan unas trayectorias parecidas: intervención precoz de los servicios sociales, escolaridad técnica, sociabilidad callejera y delictiva y por fin encarcelamiento. Todos comparten una visión del islam compuesta de combatientes convertidos en héroes (los muyahidines), hazañas y escenarios lejanos de conflicto. De hecho, varios viaja­rían a esos destinos (Siria, Pakistán, Afganistán, Yemen). La pro­pa­ganda, las pré­dicas y las es­tancias iniciáticas les proporcionan una representación del mundo bastante simple que reúne en un todo coherente su experiencia concreta de la dominación, de la discriminación, la que sufren otros pueblos (en Mali, en Chechenia, en Palestina, etc.) y un gran relato civilizatorio que designa a los judíos y a los infieles como responsables de todos esos males. Esta concepción de la religión es fácil de asumir, dado que es al mismo tiempo una toma de conciencia (de su situación) y una liberación, que le ofrece a la rebeldía un ideal más ‘elevado’ y universal que la delincuencia y la marginalidad.

Sin embargo, estas características no son sólo las de unos individuos que han cometido atentados, sino las de decenas de miles de jóvenes. De ahí la gran ingenuidad de buscar perfiles. El uso de la violencia en política (en tiempo de paz) concierne a muy pocas personas, y no sale de la nada. Hay que dibujar sus genealogías –la guerra civil argelina juega sin ninguna duda un papel en los últimos atentados– y entender las dinámicas propias de las trayectorias de estos individuos, sin nunca olvidar el papel de las autoridades públicas (y particularmente de la policía y de la justicia): la violencia política es un proceso relacional.

Los ataques yihadistas están siendo usados por los gobernantes para mostrar músculo ante la opinión pública en forma de respuestas represivas bélicas. En este sentido, el discurso del Frente Na­cional parece marcar el paso desde hace años en la política francesa. ¿A qué verdad apela Marine Le Pen que ha atraído a tantos franceses?

Los atentados que experimenta Europa desde el principio de los años 2000 son terribles. Pero en ningún caso han desestabilizado los Estados. Los servicios de inteligencia, la policía y la justicia han hecho su trabajo, generalmente de manera eficiente. Los autores y sus cómplices han sido neutralizados o arrestados rápidamente. En vez de felicitarse por ello, el Gobierno francés usa un discurso bélico, o peor aún, de guerra de civilizaciones. Marine Le Pen no puede pedir más… Ni siquiera tiene que decir nada, si el propio Gobierno socialista señala el “islamismo radical” como enemigo.

El discurso de guerra implica una polarización (entre “ellos” y “nosotros”) que es un sinsentido en materia de violencia política. Dos discursos simétricos se enfrentan: el de las autoridades (“o están con nosotros o están con los terroristas”) y el de las organizaciones armadas (“o están con nosotros o son malos musulmanes, nacionalistas, revolucionarios, etc.”). Ahora bien, la “relación terrorista” no incluye a dos participantes, sino a tres. El enfrentamiento entre los dos primeros se realiza ante la mirada por lo general indiferente del grueso de la población, que ocupa una posición de espectadora a través de los medios de comunicación. Este distanciamiento constituye precisamente la condición de la no extensión de la violencia, particularmente cuando los grupos radicales no disponen de bases sociales o territoriales fuertes. Pero la presión que se ejerce para desembocar en condenas unánimes, las vejaciones y las humillaciones (tales como las que se pueden observar en los registros que se llevan a cabo con el estado de emergencia) pueden, por rechazo, incitar a una minoría de esos espectadores a unirse a los objetivos, o incluso a las filas, de las organizaciones que están en el punto de mira.

¿Qué puede desactivar el dispositivo securitario en forma de guerra y miedo que se ha apoderado de la vida cotidiana en Francia?

Es difícil de momento, dada la unanimidad política sobre este tema. El problema con las medidas descritas como “excepcionales” tomadas en momentos de crisis es que no hay vuelta atrás. El caso de Irlanda del Norte o de Italia de los 70-80 lo demuestran muy bien. Se convierten en la manera normal de gestionar una determinada situación. ¿Quién será el político francés que tendrá el valor de no activar el estado de emergencia después del próximo atentado? Por tanto, no estamos frente a un estado de excepción. Para la mayoría de la gente, nada cambia, y es la razón por la cual estas medidas pueden existir y recibir un cierto apoyo. La excepción concierne sólo a ciertos grupos, definidos por su “peligrosidad”, y por extensión unos medios cercanos a ellos. Vivimos dentro de regímenes liberales con bolsas de excepcionalismo. Eso dificulta la mo­vilización más allá de las orga­nizaciones tradicionales de defensa de los derechos humanos. Por eso hay que mostrar que además de discriminatorias, estas políticas son inútiles y, peor aún, contraproducentes. En efecto, participan de la radicalización de gente que no lo estaba y difunden un visión del mundo social dividido entre musulmanes y no musulmanes. Una división que defienden tanto los neoconservadores norteamericanos y la extrema derecha europea como el Estado Islámico y los grupos yihadistas…

 

La decadencia de Madrid, ¿pero de cuál?

Martes, octubre 15th, 2013

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Artículo del Observatorio Metropolitano en Playground.

Apoyados por una estructura mediática e institucional, el laboratorio del PP más extremo ha convertido Madrid en una ciudad tremendamente desigual.  Recientemente, el artículo de El País sobre la decadencia de Madrid disfrutó de una importante repercusión. Sin embargo, aquel análisis omitía toda una serie de datos de importancia capital para comprender el estado de la sociedad local. El Observatorio Metropolitano corrige algunas imprecisiones, contesta a sus ausencias y detalla lo incompleto de sus aciertos. (más…)

Las cooperativas y la gestión del común

Domingo, julio 7th, 2013

Artículo realizado para la revista Ecologista nº77.

Las cooperativas y la gestión del común

Nuevo artículo: Los comunes como hipótesis política y práctica comunitaria

Martes, septiembre 18th, 2012

Autor : Observatorio Metropolitano de Madrid

Revista Éxodo 114 (may.-jun.) 2012

(más…)

Artículo del OM en la Revista REC: Del auge al colapso. El modelo financiero-inmobiliario de la economía española (1995-2010)

Domingo, marzo 18th, 2012

Emmanuel Rodríguez López e Isidro López Hernández

Resumen:

El crecimiento de la economía española durante los años comprendidos entre 1995 y 2007 ha tenido unas bases completamente anómalas desde la perspectiva de los análisis ortodoxos. Más allá de la centralidad del boom de la construcción, el modelo de crecimiento español ha estado basado en una política de reconstrucción de la demanda agregada por la vía de la revalorización de los activos inmobiliarios en manos de las familias. Sin salir de una economía basada en la demanda, esta posición patrimonial de las economías domésticas ha trasladado el deficit spending del Estado a las familias, quienes han soportado fuertes aumentos del consumo y nuevas rondas de endeudamiento. Es en este sentido, en el que la crisis se muestra como un cuello de botella de difícil solución. De este modo, al tiempo que se extiende el deterioro social agravado por las propias consecuencias de la creciente capilaridad social de la financiarización, las políticas públicas se muestran incapaces de recomponer un nuevo ciclo de crecimiento, siendo sometidas, a su vez, a una creciente presión por parte de los grandes agentes corporativos y financieros.

Palabras clave: financiarización, ciclo inmobiliario, burbuja patrimonial, acumulación de capital, crisis.

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THE SPANISH MODEL

Lunes, junio 13th, 2011

New Left Review 69, May-June 2011

Isidro López & Emmanuel Rodríguez

Prior to the debacle of 2008, Spain’s economy had been an object of particular admiration for Western commentators. [1] To reproduce the colourful metaphors of the financial press, in the 1990s and early 2000s the Spanish bull performed much better than the moping lions of ‘Old Europe’. In the decade following 1995, 7 million jobs were created and the economy grew at a rate of nearly 4 per cent; between 1995 and 2007, the nominal wealth of households increased threefold. Spain’s historic specialization in sectors such as tourism and property development seemed perfectly suited to the age of globalization, which in turn seemed to smile on the country. Construction boomed as house prices soared, rising by 220 per cent between 1997 and 2007, while the housing stock expanded by 30 per cent, or 7 million units. All feeling of being merely the biggest country of the continent’s periphery was dispelled by a new image of modernity, which did not just catch up with but in some ways surpassed standard European expectations—at least when Spain’s dynamism was compared to the ‘rigidities’ of the Eurozone’s core. Add to this the 2004 return to power of the Socialist Party, under a youthful José Luis Rodríguez Zapatero, and the effect of such quintessentially ‘modernizing’ laws as those on same-sex marriage, and the mixture acquired the bouquet of a young red wine: extremely robust on the palate.

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