II. La nueva intelligentsia política. Madrid como laboratorio de la gobernanza metropolitana

I. Madrid, ciudad global II. La nueva intelligentsia política III. Servicios ¿públicos?, más bien nichos de mercado IV. El territorio metropolitano: auge y caída del ciclo inmobiliario V. La crisis que viene

Donde se nos presenta a Gallardón (ese líder moderno, incluyente y dinámico que ha logrado desarticular las resistencias que de otro modo habrían generado los favores que presta a las élites) y a la gran Esperanza Aguirre y Gil de Biedma (que con modos y maneras más agresivos ha sido igualmente complaciente con los de arriba, armando todo un aparato ideológico a su medida).

Reformas radicales, administraciones decididamente agresivas y una vinculación precisa de los ordenes de gobierno a los intereses de la nueva oligarquía. Este conjunto de fenómenos difícilmente se podría entender y calibrar sin atender a las transformaciones de la clase política madrileña. Desde que en 1995 Alberto Ruiz-Gallardón rompiese el monopolio político de los socialistas en la Comunidad de Madrid y refundase en 2003 la derecha caciquil de Álvarez del Manzano en el Ayuntamiento, la derecha madrileña ha sufrido muchos cambios, al mismo tiempo que lograba una incuestionable hegemonía política. Y si aquí se habla de la «derecha» como el centro de la clase política madrileña, no es simplemente por su capacidad para mantener a la vez la alcaldía de la capital y el gobierno de la comunidad, sino porque la miseria de la oposición institucional ha hecho que el espectro político de Madrid se haya estrechado considerablemente.

Una situación que ha sido provocada por el monumental despiste de los socialistas madrileños, carentes de discursos políticos alternativos una vez ocupado su nicho ideológico por Gallardón, y todavía hundidos por el Tamayazo, la corrupción, las luchas internas y el fiasco de la candidatura de Miguel Sebastián. De este modo, el PSOE madrileño, subordinado en la práctica a los mismos intereses que las administraciones del PP, ha contemplado impasible la construcción de una fuerza política hegemónica frente a la que no ha sido capaz de proponer nada que tuviera el más mínimo sentido para las mayorías despojadas o perjudicadas por el nuevo modelo social. Ni que decir tiene que Izquierda Unida apenas ha sabido hacer nada mejor. Pero, ¿qué rasgos han hecho posible esta situación? En primer lugar, se debería reconocer la importancia de la figura del nuevo alcalde. Con la llegada al gobierno del muncipio de Madrid, tras su paso por la presidencia de la Comunidad, Gallardón (rebautizado el alcalde-faraón) y su séquito de asesores de imagen impulsaron una operación de imagen política sólo equiparable a la que acompañó, veinte años antes, a Tierno Galván. Todas las iniciativas políticas han ido así acompañadas de grandes campañas de marketing, al tiempo que el propio alcalde se proponía como una paradójica figura «carismática» capaz de mediar entre los distintos intereses colectivos que concurren en la ciudad. Con un discurso público, aparentemente «ciudadanista» y abierto, el nuevo gobierno municipal ha tratado así de establecer alianzas incluso con sectores de la sociedad civil tradicionalmente adscritos a las viejas formaciones de izquierdas, como eran algunas ONGs o la Federación de Asociaciones de Vecinos. Los planes especiales para los distritos más desfavorecidos, los proyectos de remodelación de la almendra central, la reconstrucción de un tejido cultural y de espectáculos en el centro de la capital o las candidaturas olímpicas de 2012 y 2016 han sido plenamente congruentes con esta idea de ciudad moderna, creativa, abierta. Frente a esta imagen, los movimientos de protesta, salvo en algunas cuestiones relativa a la remodelación de la M-30, la deuda contraída por el Ayuntamiento o las protestas contra los parquímetros, no han ido, de momento, más allá de

La nueva intelligentsia política ámbitos concretos bien localizados. De hecho, cabe decir que éste ha sido el mayor logro de un alcalde que ha puesto el municipio a los pies del sector de la construcción y del empresariado multinacional, sin despertar por ello una oposición suficiente. La imagen amable de esta administración ha servido, de este modo, de dulce cobertura para la nueva ciudad global convertida en máquina de crecimiento al servicio de los intereses de la oligarquía inmobiliaria y financiera. De todas formas, Gallardón parece haber sido la puerta de entrada a esta revolución de las élites capaz construir nuevas hegemonías. El primer experimento sí, pero quizás sólo eso. Las innovaciones más radicales, responden a la iniciativa de la «lideresa», Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad desde 2003. Cuando Aguirre accedió en 2003 a la candidatura de la Comunidad de Madrid por el Partido Popular muy poca gente podía imaginar la fulgurante carrera que tenía por delante. Famosa hasta la fecha por sus espantosos ridículos ante las cámaras (como la célebre referencia al Premio Nobel «Sara Mago»), Aguirre no ha parado de escalar posiciones frente a Gallardón, a quien derrotó en su pugna por controlar los mandos del Partido Popular madrileño en 2004 y en su disputa en la renovación del Partido a nivel nacional en 2008. Lo que podríamos llamar, en cualquier caso, «gobernanza esperanzista» no ha consistido sólo en ofrecer una imagen agradable y en concertar reuniones con todos los agentes reconocibles de la ciudad, según la «dulce» forma del estilo Gallardón. Mucho más agresiva y radical, la novedad del nuevo experimento aguirrista consiste en intentar producir directamente «sociedad civil» un cuerpo social movilizado capaz de responder como un solo agente a las nuevas reformas económicas y sociales. Para ello ha sido preciso componer una vasta operación de ingeniería social que, aunque un tanto caótica e improvisada, se ha mostrado completamente funcional al modelo neoliberal y pro-oligárquico del gran laboratorio madrileño.

Sus principales piezas habrían sido las siguientes:

La renovación ideológica y la construcción de una política mediática combativa

En un primer plano se sitúa la profunda renovación de los media y los think tanks conservadores. Por un lado, la FAES (Fundación para el Estudio y Análisis Sociales), el órgano que se diseñó para el retiro de Aznar después de su último mandato y que, tras la inesperada derrota en las elecciones de 2004, adquirió un papel protagónico en la formulación de propuestas políticas y en la demarcación de la nueva ideología de carácter liberal-conservador. Pero también y de forma aún más destacada, Libertad Digital, creada en el año 2000 con Federico Jimenez Losantos a la cabeza. El objetivo: generar un discurso para la derecha y desde la derecha que ganase en frescura y populismo, apoyado en un nuevo estilo mediático más cercano al agitprop de la vieja extrema-izquierda (de la que por cierto provienen la mayoría de sus principales colaboradores) que al tradicional discurso conservador. De este modo, Libertad Digital ha suprimido muchos de los complejos morales que ciertos sectores liberales tenían con respecto de temas como la guerra de Irak, el mundo árabe o la inmigración. Para ello ha confeccionado sofisticadísimas campañas de contaminación y saturación mediática como la que promovió la sospecha acerca de la versión oficial del 11-M y su relación con ETA. En definitiva, con mezclas de tendencias neocon y libertarians al estilo de Estados Unidos, Libertad Digital ha allanado el camino para la nueva revolución ideológica, que en palabras de su presidente Alberto Recarte, se podría resumir así: «El poder sea de derechas, centro o izquierda corrompe y por eso hay que desconfiar de él». Sobre estos principios, la nueva administración no ha tenido sin embargo remilgos para convertir al ente público, Telemadrid, en una prolongación de este nuevo clúster mediático, al tiempo que ha lanzado un segundo canal autonómico, La Otra, y ha dado licencia a nueva colección de canales de televisión digital de marcado carácter neoliberal o neoconservador.

La promoción de movimientos sociales agresivamente conservadores

Es en este ámbito, quizás, donde la apuesta ha sido más arriesgada y en donde los resultados pueden ser más amplios y duraderos en las próximas décadas. A partir de los experimentos –todavía anclados a los imaginarios tradicionales de la derecha hispana– protagonizados en 2004 y 2005 por la Asociación de Víctimas del Terrorismo y el Foro por la Familia, y a partir también de ciertos indicios de que existía un campo prometedor para la innovación en los discursos y en los medios de movilización social (véase el movimiento Peones Negros, que puso en jaque la versión oficial del 11-M), la nueva élite política y mediática se ha apropiado, siempre de forma invertida, de las temáticas clásicas de los movimientos sociales: multiculturalismo, ecología, solidaridad internacional, intervención social. Baste señalar, en este sentido, la reciente campaña contra el Mayo del `68, o la oleada de ataques contra todos los iconos «progres», al más puro estilo Sarkozy. O estas declaraciones del joven esperanzista Pablo Casado, líder de las juventudes del PP: «Los jóvenes idolatramos a mártires como Miguel Ángel Blanco, no a asesinos como el Che». El anhelo de una regeneración ideológica, de un nuevo idealismo de derechas, se ha manifestado también en el ataque, con graves consecuencias sociales, al Estado del Bienestar, acusado de promover una población vaga y dependiente de las ayudas estatales. Esta producción de movimientos sociales es, por tanto, sólo una parte, importante por supuesto, del gran experimento de producción de una sociedad civil desde arriba.

Hacia la creación de una sociedad civil desde arriba

En esta estrategia ha sido necesario, la articulación de una pieza institucional clave: el control de las políticas públicas en materia social. Una estrategia que Esperanza Aguirre ha impuesto más allá de la Comunidad, alcanzando, a golpe de cañonazo, al municipio de Madrid, tal y como se puede comprobar con el nombramiento de responsables de su confianza, como por ejemplo Concepción Dancausa, concejala de Asuntos Sociales e Inmigración en el Ayuntamiento de Madrid y «cerebro» del nuevo modelo social madrileño. El control de los presupuestos y del gobierno permite, en efecto, poner en práctica una flamante colección de dispositivos capaces de ensayar modelos sociales de gestión alternativos, a partir del apoyo, subvención y promoción de un nuevo tejido de ONGs, asociaciones, fundaciones y universidades privadas vinculadas al ideario conservador. Por ejemplo, en materia de inmigración, y como veremos luego con más detalle, las medidas han ido dirigidas en un doble sentido. En primer lugar, se ha tratado de eliminar la mayoría de los instrumentos públicos de asistencia y acogida de inmigrantes, cerrando gran parte de los Centros de Atención Sociolaboral a Inmigrantes (CASI) y cancelando otros muchos dispositivos recogidos en los planes de inmigración municipales (Plan Madrid Convive de 2004) y regionales (Plan de Integración 2006). Al mismo tiempo se han creado los Centros de Integración y Participación (CEPI), con una atención dirigida por nacionalidades y más enfocados a cuestiones culturalfolklóricas que a prestar una ayuda real en materias cruciales como la vivienda o el trabajo. Esta forma de gestión ha reforzado las fronteras que determinan la inclusión o exclusión de los migrantes, así como la consideración de los sin papeles como un desecho no reconocido, susceptible de una rápida expulsión.

En un segundo momento, esta política se ha propuesto la transformación del sector de la intervención social, externalizado desde hace años, en un auténtico tejido social al servicio de las estructuras políticas. El resultado ha sido la creación de una red asociativa y social integrada por entidades como la Universidad Católica Francisco de Vitoria, (cuya Fundación Altius gestiona muchos de estos CEPIs) y una multitud de asociaciones que funcionan como campo de experimentación de las nuevas políticas sociales. Se trata de una innovadora modalidad de gobierno que no pasa por crear dispositivos abiertamente racistas, sino mecanismos multiculturales capaces de generar una perfecta segmentación de la sociedad con el objetivo de diferenciar, separar y comprender los procesos sociales desde una óptica de gestión y control de las poblaciones «de riesgo», al tiempo que ofrecen herramientas de movilización productiva adecuadas para una metrópolis cada vez más mestiza. En conjunto, y aunque sólo se pueden mencionar de forma somera, la revolución de las prácticas y discursos de mando que caracterizan el experimento del modelo Madrid parece tener como propósito no sólo lograr un gobierno «cómodo y flexible», adaptado a las nuevas funciones de la posición global de la ciudad, sino también producir una sociedad plenamente adaptada a eso que los neoliberales llaman «mercado». Es decir, una realidad social convertida en campo abonado para los dispositivos de explotación del nuevo bloque oligárquico.

Siguiente capítulo: III. Servicios ¿públicos?, más bien nichos de mercado

I. Madrid, ciudad global II. La nueva intelligentsia política III. Servicios ¿públicos?, más bien nichos de mercado IV. El territorio metropolitano: auge y caída del ciclo inmobiliario V. La crisis que viene

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