La decadencia de Madrid, ¿pero de cuál?

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Artículo del Observatorio Metropolitano en Playground.

Apoyados por una estructura mediática e institucional, el laboratorio del PP más extremo ha convertido Madrid en una ciudad tremendamente desigual.  Recientemente, el artículo de El País sobre la decadencia de Madrid disfrutó de una importante repercusión. Sin embargo, aquel análisis omitía toda una serie de datos de importancia capital para comprender el estado de la sociedad local. El Observatorio Metropolitano corrige algunas imprecisiones, contesta a sus ausencias y detalla lo incompleto de sus aciertos.

El principal problema del artículo de Méndez y De Cozar es que no da la menor pista acerca de cuál ha sido el modelo económico y de gobierno de la ciudad de Madrid en las pasadas décadas. Se dice que Madrid no tiene una ‘marca’, como Barcelona, pero no se analiza su posicionamiento internacional durante todo este tiempo, de orden jerárquicamente superior, a saber, la captación de funciones financieras de mando en el seno de la economía mundial: un Madrid global, financiarizado, sede de corporaciones transnacionales, tanto extranjeras como de la nueva élite de empresas españolas surgidas en los años noventa de los procesos de privatización en España y Latinoamérica. Lo que Saskia Sassen llama una Ciudad Global. Una ciudad desigual, tan próspera para sus ganadores (superasalariados del sector público y privado) como cruel con su mayoría de perdedores (precarios/as de servicios). Madrid ha sido la primera ciudad española en número de visitantes, pero no eran turistas de playa y sangría como en Barcelona, sino mayoritariamente visitantes profesionales, asistentes a congresos y, en general, un ejército de tiburones de medio mundo.

Tampoco habla del modelo de gobierno de la Comunidad de Madrid, un laboratorio del PP más radical: la tendencia neocon de Esperanza Aguirre, Javier Fernández Lasquetty y Lucía Fígar. Apoyados en toda una estructura mediática (Telemadrid, Intereconomía, Libertad Digital) e institucional (fundaciones, universidades privadas, ultras religiosos), han conseguido que la escuela pública sea minoritaria en Madrid con transferencias millonarias a la concertada, y que el sistema de salud sea el más privatizado del Estado, dirigido por sus queridas constructoras y otras multinacionales sospechosamente próximas al Partido. Para sus élites, la ciudad ha sido y sigue siendo un gran mapa de recursos: la desviación de fondos de los servicios públicos que hemos señalado pero también el propio territorio, base del ciclo inmobiliario: construcción de autovías ahora rescatadas, operaciones mastodónticas nunca acabadas. El artículo las nombra como errores cuando en realidad fueron parte central del modelo de crecimiento de todo el Estado: ingentes beneficios para bancos, empresas y políticos y acceso a un consumo ficticio para la población. Tampoco menciona el artículo que esta fusión entre la oligarquía económica madrileña y las administraciones locales y autonómicas no ha hecho sino crecer gracias a los programas de recortes y privatizaciones en los servicios públicos. Reducir toda esta estructura de poder y este modelo político a Ana Botella, Eurovegas y unas candidaturas de JJOO, que parecen puestas en cuestión solo por el hecho de no conseguirlas, es perder demasiada información valiosa; contraponer esplendor/ladrillo a la decadencia/pinchazo es hacerle el juego a los que quieren reeditar ciclos inmobiliario-financieros y seguir invisibilizando las desigualdades que se generaron cuando el PIB crecía.

Otra omisión importante pasa por no hacer siquiera referencia a que Madrid ha sido uno de los principales escenarios del mayor movimiento social urbano que ha visto Europa en las últimas décadas: el 15M. Un movimiento que, sobre todo, en su prolongación en las mareas verde (educación) y blanca (sanidad) ha puesto, por primera vez en décadas, en verdaderos problemas al gobierno del PP. Aparte de obviar lo que eso puede significar en términos de la transformación de la ciudad en crisis (en una ciudad en la que, por ejemplo, se paran varios desahucios a la semana mediante la desobediencia civil y resistencia ciudadana), también deja escapar lo que esto significa en términos de posición transnacional de la ciudad. Por ejemplo, ha hecho que, dentro de los ámbitos interesados, así en la política como en el pensamiento crítico, en medio mundo se mire hacia lo que se produce en Madrid más de lo que se ha mirado nunca antes. Tampoco dice nada el artículo de la emergencia de toda una nueva periferia madrileña donde se acumulan todos los posibles factores de exclusión y pobreza que podamos imaginar (paro, precariedad, endeudamiento-desahucios y pérdida de servicios públicos que se recortan o privatizan) pero también formas de solidaridad desde abajo en forma de okupaciones colectivas, comedores populares, clases de apoyo, espacios culturales en las que jóvenes (y no tan jóvenes) migrantes y autóctonos se juntan y poco tienen que perder. Que estos conciudadanos nuestros, con escasas posibilidades de movilidad ascendente y de reconocimiento institucional, estallen como en las banlieues o se alíen con otros contra la estafa es una alternativa que sin duda bulle en la ciudad, invisible para aquellos que solo miran las cifras agregadas.

El artículo tiene el acierto de percibir, de alguna manera, que las instituciones municipales están absolutamente deslegitimadas. Y que en términos de políticas públicas municipales y autonómicas lo que se está haciendo es algo así como ‘jugar a la chica’: pelear por las migajas de la competencia territorial entre ciudades, como sería el caso de Eurovegas. Pero claro, si se pierde de vista el cuadro, esto es demasiado poco. Más bien parece que el fin de este artículo es insinuar que Madrid volvería al ‘esplendor’ con la salida de Botella (por otro lado inevitable) o con la vuelta del PSOE al poder. No en vano el artículo ya apunta hacia un programa de promoción de la cultura con unas gotas de emprendimiento “knowledge economy” típicamente sociata-gallardoniano, que ya sabemos  totalmente insuficiente cuando no simplemente otro tipo de estrategia inmobiliaria. Sin embargo, el esplendor no solo tiene muy complicado volver, sino que no fue más que un espejismo para la mayoría, poco más que una situación de paz social completamente dependiente de los ciclos inmobiliarios y de las necesidades de las oligarquías vinculadas al Madrid global. Ahora que el dinero no va a caer de los bancos y los cantos de los políticos no tienen efecto, puede ser el momento de construir juntos ese relato que Madrid no tiene, pero no en términos de decadencia o esplendor, sino partiendo de lo que la mayoría de madrileños somos y queremos.

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